miércoles, diciembre 21, 2011

Amor y Odio


Aunque hace casi diez años que debo venir varios días al centro, hace apenas un año y medio que vivo aquí. Y no me mudé porque amara el ambiente bohemio de las casas medievales de la Candelaria; más bien me fastidian  los adolescentes ebrios y sucios, tirados en la acera externa de una vieja casa mal pintada donde a alguien se le ocurrió instalar un bar de cuarta, con cervezas calientes y orinales que impregnan a todos los clientes con un vaho amoniacal que no abandona la ropa por más que la laves. No. Lo cierto es que la ciudad está tan insoportable, que vivir cerca al trabajo se ha convertido en un imperativo, y ante las muertes por ataque cardiaco producto del estrés causado por el tráfico, vivir a metros de la oficina debería ser declarado uno de los Derechos Humanos.
De hecho, mi vecino es un viejito que vivía con su esposa e hija cerca al Portal de la 80. En principio pensé que había instalado un nidito de amor con su secretaria, lejos de la familia que lo acompañó el día de la mudanza. Pero yo vivía cerca al Portal del Norte, y tanto él como yo, nos demorábamos cerca de dos horas y media en llegar al trabajo. A veces tres. En Transmilenio, el recorrido se reduce a una hora, desde que se toma un insufrible alimentador, se transborda a un articulado, y se camina de la estación hasta el lugar donde quieres llegar. Debes rozarte con el señor que no se lava, la señora que te mira con asco, la madre que decide cambiarle el pañal a su bebé en las sillas azules…
En fin, el infierno del transporte diario se cambia por el infierno de la bulla central. Y, como Murphy siempre acierta, debo desplazarme al norte al menos dos veces por semana. La salida del sector es espantosa, pero en carro es sólo media hora hasta al norte; no hay casi trancones, las vías están en buen estado. Sin embargo, algunas veces debo tomar transporte público. La semana pasada, por ejemplo, tuve que presentar unos exámenes en la calle 134, en la mañana. No podían aplazarse para cuando no hubiese restricción vehicular. Desperté dos horas antes, y abrí las ventanas. El sol iluminaba el cerro de Monserrate, que se alcanza a ver desde mi apartamento; incluso podía advertir el teleférico desplazándose morrongo por los cables invisibles debido a la distancia.
Al salir de mi casa pasé por el Parque de los Periodistas, una antigua plaza donde ahora yace el Templete del Libertador, diseñado por Pietro Cantini en 1883. Una cúpula que enmarca la estatua de Bolívar levantando una mano, como en medio de un discurso. Hace años alguien puso media botella de aguardiente entre sus broncíneos dedos, y siempre que lo veo lo recuerdo. Nada más llegar allí divisé al costado oriental el edificio de la Academia Colombiana de la Lengua, una casa de corte neoclásico diseñada por el arquitecto Alfredo Rodríguez Ordaz. Las columnas dóricas que se me antojan de piedras coloreadas de ocre corren paralelas a las inmensas palmas de cera de su jardín, y enmarcan la figura sentada de Miguel Antonio Caro, que si bien con su Regeneración acabó con la poca civilidad del país, con sus análisis filológicos mostró que alguien sin bachillerato puede aparentar hablar bien español.
Justo enfrente de esta rancia academia se encuentra el edificio que sirve de sede al ICFES, el Instituto Colombiano para la Evaluación de la Educación. Lo construyó el arquitecto Aníbal Moreno, y su modernidad y estilo brutal –concreto crudo moldeado con martillo y cincel, ladrillo, forjas de acero, vidrios oscuros– contrasta con la sobriedad de su vecino. A lado y lado de la calle adoquinada por donde corren los buses articulados se ven árboles típicos de la ciudad: pimiento muelle, floramarillo y acacias, creo.
Parado en este punto el tiempo y el afán se detienen. A lo lejos diviso el paradero del bus, un vagón de lámina gris que se asemeja a las rejas de los pájaros y situó a mi ciudad cerca del siglo XX. Se divisa un kiosco donde una señora que hacía apenas unos meses deambulaba cansina con un viejo carrito por las aceras  vende golosinas y cigarrillos; durante los más de cincuenta metros de largo que tiene el pasaje sólo veo las hojas que el incipiente otoño ecuatorial arroja a la vereda. No hay basura, no veo a los sintecho dormidos bajo las vitrinas de los edificios que enmarcan la calle, no huele a orines ni a mierda –unos metros más hacia el oriente hay un baño público futurista– no se ven filas interminables de coches pitando, no veo tercermundismo.
Desearía que toda la ciudad fuese así. Esta es la Bogotá que en la que me encantaría vivir, la que me enamora. Al subirme al bus y recorrer media ciudad descubro que del amor al odio hay sólo un paso

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Los laberintos - Reflexiones sobre la filosofía de la periferia por Alfonso Cabanzo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.