domingo, julio 31, 2011
Cinismo posmoderno
sábado, abril 30, 2011
Los Arcanos Mayores

Esta vez los arcanos mayores no estarán de mi parte. Mi primera carta es la sacerdotisa, una mujer con un libro entre sus manos, abierto en una página cuyo contenido ignoro. Mi estrella corona tu cabeza que mira, mientras te sientas, allá, arriba, en tu trono, en medio de columnas de saber y con la cruz en tu pecho, dejando aparte este par de universos paralelos, abandonados a su suerte por un destino aciago. Mi segundo arcano es Ermitaño, viejo, sólo, encorvado en medio de la oscuridad. Con una luz en mi mano busco la verdad, busco ese esquivo autoconocimiento, pero lo único que veo, allá, en la cima, al final del camino que es el mismo comienzo, son las piernas de la sacerdotisa, quien camina buscando la luz, pero no al viejo. Luego aparece la carta de los enamorados, ese par de amantes que vivieron sólo para una tarde corta, triste, incompleta e inacabada, recortada por las ansias falsas de escoger lo que sabes en el fondo que no es para ti, terminada por cargar la eterna cruz que te desvela. La Fortuna, cuarta sota de mi surte, me muestra cómo ya te estás alejando más de mi, triste, lenta, irreparablemente; cómo quieres, cómo ya no quieres, volver a estar bajo mi sombra. Mi quinta carta es el Demonio, triste, vacío, habituado a lo habitual, con grandes cuernos en su cabeza de cabra, con su espada marcando, de nuevo, mi funesto hado, de lujuria y de desolación. A la sexta echada veo al Loco, caminando sin preocupaciones, sin pensar, dejándose llevar, arrastrando su ignorancia sin salir aun del paraíso, protegido por los demás Secretos sin temor a lastimarse. Finalmente veo una Torre, arrasada por la Ira de la Divinidad, el maremágnum; sus relámpagos desprenden las almenas que caen sobre un foso de caimanes, alligators, prestos a lanzarse sobre mi cuerpo inerte tras la devastación que significa trepar a tu castillo. Ese, por supuesto, sería mi destino, que me gustaría tuvieses de nuevo entre tus manos, pues pulvis sumus et pulvis reverterimur.
Lamento sobre la Tumba de Ernesto Sábato.

Existe cierto tipo de ficciones mediante las cuales el autor intenta liberarse de una obsesión que no resulta clara ni para él mismo. Para bien y para mal, son las únicas que puedo escribir. Más, todavía, son las incomprensibles historias que me vi forjado a escribir desde que era un adolescente. Por ventura fui parco en su publicación, y recién en 1948 me decidí a publicar una de ellas: El Túnel. En los trece años que transcurrieron luego, seguí explorando ese oscuro laberinto que conduce al secreto central de nuestra vida. Una y otra vez, traté de expresar el resultado de mis búsquedas, hasta que desalentado por los pobres resultados terminaba por destruir los manuscritos. Ahora, algunos amigos que los leyeron me han inducido a su publicación. A todos ellos quiero expresarles aquí mi reconocimiento por esa fe y esa confianza que, por desdicha, yo nunca he tenido. Ernesto Sábato
He aquí, en esta cita de Sábato, la explicación más acertada de la creación literaria, de la creación artística: deshilvanar el secreto laberinto de nuestra existencia. Saber cuáles son los hechos que han determinado nuestro presente, reinventarlos, reinterpretarlos, dotarlos de sentido. Escribir es siempre hacer una autobiografía, ya sea porque los actos pasados se convierten en eslabones de una historia, o porque las ideas plasmadas en la tinta sobre el papel revela nuestros más profundos sentimientos. En ocasiones alguien logra dar con el hilo que nos permitirá, si no descubrir ese hecho, al menos iluminarnos parcialmente, conocernos un poco, identificarnos con alguien o con algo, para así hacer más llevadera la incertidumbre de saberse sólo en un océano de individualidades. Eso fue Sábato para mí, una guía en momentos decisivos, un espejo en el cual ver la propia estupidez, la maldad y el amor que de vez en cuando resuenan meciéndose en el espacio hueco de los cerebros deprimidos. Aunque ante la muerte de un escritor suele hablarse de su obra completa, me limitaré a un único fragmento, quizás el que más me ha hablado sobre la condición humana, su Informe sobre ciegos. Se inicia con el siguiente epígrafe:
¡Oh, dioses de la noche!
¡Oh, dioses de las tinieblas, del incesto y del crimen,
de la melancolía y del suicidio!
¡Oh, dioses de las ratas y de las cavernas
de los murciélagos, de las cucarachas!
¡Oh, violentos, inescrutables dioses
del sueño y de la muerte!
Ya nos ubica en un universo donde lo divino y lo más bajo van de la mano. No habla de dioses benevolentes, perfectos, impolutos, como acaso lo soñaron los teólogos de la modernidad, sino de esos seres que parecen acompañar cada paso en este mundo: dioses de la basura, de toda criatura inmunda que nos rodea. Y es allí, en esta parte de su novela, donde Fernando Vidal Olmos baja al submundo de Buenos Aires, un laberinto oscuro y acuoso, con paredes húmedas y oscuridad total. Por una puertecita en el piso de un apartamento baja a un sótano en el que encuentra a una ciega, sacerdotisa de Deméter. Se desmaya e inicia un viaje, atravesando un rio subterráneo. Ve allí volando a las aves a quienes quitó sus ojos cuando era aun un crío, y una especie de ídolo, un anciano cíclope vigilándolo en el cenit de un sol negro. Rema huyendo de él hacia una gruta que lo llama. Duerme de nuevo. Al despertar está otra vez en la habitación primigenia, vigilado. Es encerrado y trata de huir del cuarto, adentrándose cada vez en pasadizos profundos, cada vez más, bajo la ciudad inmunda que duerme cobijada por la belleza de las mansiones bonaerenses, con sus hermosas mujeres y refinados hijos. Vaga por grutas pantanosas, se siente rodeado por lagartos, ratas, podredumbre; descubre o cree descubrir por fin las pruebas de un mundo que está dominado por los ciegos, desde que el cíclope pierde su ojo a manos de Odiseo, desde que Tiresias pierde la vista pero gana el don de la clarividencia, desde que Edipo se saca los ojos al no poder contemplar el asesinato de su padre por sus propias manos y la muerte de su madre ante el despropósito del amancebamiento con su propio hijo. Llega a un anfiteatro iluminado por una estrella agonizante, atraviesa páramos lunares, y divisa veintiuna torres gigantescas de basalto, en medio de las cuales surge una efigie con un único ojo fluorescente en el ombligo. Se dirige hacia él, cobijado por un cielo púrpura que alumbra malamente un paisaje marcado por la desolación de milenios, por los cadáveres petrificados de las hidras y los seres mitológicos que otrora poblaron ese templo consagrado ya a la muerte y a su terrible diosa. Entra en el ombligo y sufre una des-evolución que lo lleva a recorrer el caldo primigenio donde nacieron los humanos, retorna a su ser pez. Ayudado por la ciega, vuelve a ser serpiente, vampiro, sátiro. Despierta en su casa, anonadado, destruido, próximo a la muerte. Es acaso una metáfora de los demonios interiores que llevan al hombre a hacer lo que hace en la vida. Es un símil de la humanidad, gobernada por ciegos, como en la obra de Saramago, pero cuya única vidente es la conciencia misma de que si ahondamos en el interior no somos más que monstros cuya cáscara se ha convertido en lo que ahora llamamos civilización, que finalmente llegará a su ocaso, que dejará de nuevo la tierra cubierta de cráteres de desolación.
sábado, abril 16, 2011
¿Dónde están los periodistas?
Cuentan que cuando a Kant empezaron a azuzarlo para que ofreciera una respuesta al escepticismo sobre el mundo externo escribía en sus notas personales que estaba muy ocupado y muy cansado, de manera que le fastidiaba absolutamente tener que dedicar segundos de su tiempo a demostrar lo que todo el mundo sabe: que el mundo externo existe. Ante la pregunta formulada en la revista Arcadia ¿Dónde están los filósofos?, las respuestas no se han hecho esperar. La revista Semana, más seria que Arcadia, ya dedicó unas páginas al debate. Confieso que me da un poco de pereza. Tengo mucho que hacer, pero como en la sociedad de hoy el que no trata de hacer escándalo en los medios –sus 15 minutos de popularidad– no existe, daré mi respuesta al debate. Ya hace mucho respondí a un interrogante similar a partir de una frase adjudicada a Nietzsche: por donde pasan las ideas, cincuenta años después pasan los cañones defendiéndolas. La labor del filósofo, del verdadero filósofo, es evitar que esto suceda. Sentado en su escritorio, o caminando por la pradera rodeado de sus alumnos, el pensador suele ante todo tener una actitud crítica, a veces crítica en extremo, y para algunos crítica hasta la nausea. Ello no quita que algunos se hayan vendido “al sistema”: el mismísimo Hobbes trató de congraciarse con el rey mediante sus escritos, aunque finalmente también fue perseguido, pues sus escritos de todas formas incomodaban a la nobleza. Ahora bien, ¿qué tiene qué decir el filósofo ante los problemas actuales del país? No recuerdo haber leído una alusión directa de Sócrates a la Guerra del Peloponeso, aquel conflicto entre Atenas, el hogar de los filósofos, y Esparta, la cuna de los guerreros. No obstante, Sócrates fue juzgado y condenado a morir, pues se convirtió en una piedra en el zapato de los dirigentes de una democracia corrupta. Platón escribió entonces una diatriba contra esa Democracia, abogando por una dictadura del filósofo, aquel capaz de ver más allá de las narices de ciudadanos estupidizados por la comedia y la poesía, artes que él expatrió de su República. El pensador se convierte así en alguien impotable, que difiere de las opiniones del gobierno de turno y es pocas veces querido. Excepto, por supuesto, cuando se alía con estos e invita, como Aristóteles, a legitimar la esclavitud, o como Tomás de Aquino, a la guerra justa contra los musulmanes. Y la situación hoy en día no cambia: Bernard-Henri Lévy, influyó en la decisión de la ONU de atacar Libia. Actualmente Habermas, por ejemplo, es invitado constantemente a reuniones con el gobierno alemán, y su opinión es consultada y solicitada en los medios europeos de todo el mundo. Derridá fue entrevistado muchas veces para preguntársele sobre su posición sobre el terrorismo, y Paul Virilio aparece constantemente en los medios para criticar su posición sobre el desarrollo de los medios virtuales. Si buscamos, por ejemplo, en El Tiempo o en El Espectador no hay más que un artículo de Singer, ninguno de Habermas, Derridá o Virilio, sólo menciones escuetas en artículos culturales, donde poco o nada se difunde su pensamiento. Así pues, la pregunta adecuada más bien parece ser: ¿dónde están los periodistas? ¿Por qué ellos no indagan sobre los trabajos que los filósofos llevan a cabo en nuestro país? Los filósofos consultados por el periodista en Arcadia aceptaron tácitamente, con sus respuestas, que los filósofos no hacen nada. Pero ello es falso. Más bien su trabajo es invisibilizado por los medios. Por ejemplo, las investigaciones sobre ética y conflicto de Guillermo Hoyos, a quien jamás invitan a opinar en El Tiempo. Hay libros y estudios serios sobre la ideología conservadora, radical e irracional de Miguel Antonio Caro, compilados por Rubén Sierra Mejía, pero nadie a divulgado las conclusiones que de allí se desprenden: el país fracasó durante la primera mitad del siglo XX en parte gracias a ese proyecto de la Regeneración Conservadora, que echó para atrás las reformas liberales de mediados del siglo XIX. Para la celebración de los 100 años de su muerte, no hubo un debate serio sobre estas conclusiones, y los mismos medios de siempre siguen exaltando la figura de este anti–pensador, de la misma manera en que Londoño o José Obdulio son presentados como “filósofos”, se les dan espacios en radio, prensa y televisión, mientras se ignora a pensadores serios y rigurosos. Para la muestra, un botón: el artículo de El Tiempo donde se reseña la conmemoración afirma que el movimiento de la Regeneración “es considerado como el movimiento que implementó la modernización en esferas como la economía y en los aparatos institucionales del país”. Salomón Kalmanovitz, economista, filósofo, y ex gerente del Banco de la República, desmiente esta afirmación en la publicación de Sierra, y afirma que esas reformas económicas quebraron al país. Pero nada, los medios no hacen eco de las críticas al panteón de la estupidez nacional. Así mismo, ni El Tiempo, ni Semana, se le ha preguntado a algún filósofo –el educador por antonomasia, desde Sócrates– su posición sobre la reforma la educación superior. Más bien el filósofo debe salir a buscar esos espacios, y de hecho, lo hace. Ahora bien, los filósofos entonces están usando, he dado unas pequeñas muestras, medios alternativos de difusión de su pensamiento, ya sea desde la universidad, o desde el Blog. Que los medios tradicionales –con sus artículos amañados, superficiales y sesgados– no lo quieran ver, es otro asunto, como no han querido ver otras muchas cosas en el país.
Horóscopo para el día de hoy...
domingo, abril 03, 2011
La falacia de la educación
jueves, diciembre 30, 2010
Parce, traduzca bien su nombre...
Cuando era joven, en el colegio me dijeron que los nombres no se traducían. Fue otra de las grandes mentiras escolares, junto con aquella del acta de independencia, que realmente jura lealtad a Fernando VII, la de Mosquera en átomos volando por el fuego español, cuando en realidad entró fumando al cuarto lleno de pólvora, y la del Chocorramo; sí, llevamos más cinco décadas engañados, pues Ramo en “chocoramo” se pronuncia con “ere” y no con “erre”, puesto que “choco” no es un prefijo. Y bueno, el caso es que los nombres sí se traducen. Los gringos no dicen Platón, sino Plato, no dicen Aristóteles, sino Aristotle, que en griego es Ἀριστοτέλης, y Tchaikovsky (o como se escriba) es Чайковский, en Ruso. Así pues, William es Guillermo, Daisy es Margarita y Alexander (Αλέξανδρος) es Alejandro. Jesús es la traducción del latino Iesu, que a su vez viene del griego Iesous (Ιησούς), que viene del hebreo Yeshua (ישׁוע). Por supuesto, muchos de estos nombres, que tienen supuesto origen griego, o latino, pueden seren verdad germanos, polacos, franceses o, por supuesto, españoles. Lo mismo sucede con los apellidos.
Mientras el latín fue la lengua franca, los nacidos bárbaros, es decir, polacos, germanos, galos, hispanos, etc., tuvieron la costumbre de esconder sus orígenes latinizando su nombre y apellido para entrar de lleno en el mundo académico europeo. Célebre es el cambiazo del polaco Mikołaj Kopernik. Su apellido lo tradujo él mismo al latín como Copernicus cuando entró en la universidad italiana de Bolonia. Por eso nosotros lo llamamos Copérnico. Así mismo, un salvaje estudiante teutón de esa época, Johan Müller de Königsberg, tradujo su apellido como “Regiomantanus”, pues “Königsberg” significa “montaña del rey”, que es justo lo que quiere decir en latín “regiomontanus”. En español habría que decir algo como “Montaña pupi” o “Montaña gomela”, que suena algo ñero porque la gente decente dejó de decirle gomelo al pupi y cicla a la bici. Así pues, la costumbre de poner nombres extranjeros para subir el estrato viene de tiempos inmemoriales (estos ejemplos son del renacimiento) aunque aquí adoptamos la tendencia cambiar o poner sólo el nombre anglosajón, no el apellido.
Los nombres tienen un origen y significado que muchas veces ignoramos. “Alfonso” significa “luchador”, “César” significa “nacido por cesárea” y “Lina” significa –eso dicen- lo mismo que “Rocío”, con lo cual “Lina Rocío” viene siendo una redundancia como la de “William Guillermo”. Muchos nombres indígenas se perdieron precisamente como parte de la campaña de conquista española: a un nativo de nombre Tisquesusa, con un significado preciso, por ejemplo en honor al Zipa, lo bautizaban a la fuerza y lo llamaban “Juan Pérez”, quitándole parte de su identidad. Hoy en día somos una sociedad mestiza, con una gran carga española que ya no podemos abandonar. Pero sí podemos evitar un nuevo caso de conquista idiomática, bautizando a nuestros hijos con nombres que no los dejen olvidarse de sus raíces, de su historia. Cuando estén grandecitos, podrán irse del país, cambiarse el "Juan" por "John" o "John" si no les gusta, teñirse el pelo de rubio y usar lentes de contacto azules, pero cuando son pequeños e indefensos, al menos debe dárseles la oportunidad de llamarse de acuerdo con la cultura en la que viven. Los nombres indígenas como Chía, Fagüa o Inti son más significativos, hermosos y elegantes que Sneider o Wiliamson. Así pues, el tener un nombre decente debería ser declarado uno de los derechos universales de los niños. He dicho…
Att:
Alphonse Cabbanss
No sea ñero: cámbiese el nombre!
jueves, julio 08, 2010
Defensa de la brutalidad de las reinas
miércoles, mayo 05, 2010
La secta mockusiana

Alejandro Reyes Posada escribe un artículo de opinión en El Tiempo sobre los riesgos de elegir a Mockus. De acuerdo con él, el partido verde se está convirtiendo en una secta: En las sectas hay un líder, un “santón carismático”; un estrecho círculo de adoradores, una doctrina con valores admirables, una exigencia de comportamientos altruistas para sus miembros y el desprecio moral de quienes queden por fuera de ella. Lo mismo habría en el partido de Mockus: su candidato es carismático y “santón”, hay seguidores, se predican valores admirables, y supuestamente se “desprecia” a quien no esté en la secta. Afirma que los verdes se comportan igual que los uribistas: quién no está con Mockus está contra él, así como quien no está con Uribe está contra él. Dado que la tesis verde es el respeto por la vida y por los recursos públicos, Reyes asume que los mockusianos tachan de criminales y corruptos a quienes no están con ellos. Finalmente la propuesta verde olvida según él los logros de Uribe en cuanto a seguridad. Cada una de estas posturas está errada, cuando no es totalmente falsa y maledicente. Veamos uno de los argumentos, revisemos sus premisas y luego revisemos si éstas apoyan su conclusión.
Tachar al partido verde de secta es injurioso y falso. En primer lugar, porque si bien Mockus es carismático, está lejos de ser un “santón” (palabra definida como santurrón, beato e hipócrita). No predica, sino que más bien propone. Tampoco tiene “seguidores incondicionales”, puesto que el público de Mockus se caracteriza en su mayoría por individuos que cuestionan, que escuchan sus argumentos, y que, como en mi caso, lo consideramos la mejor opción posible en esta coyuntura. No el mejor, ni el mesías que salvará a Colombia. Es a lo sumo un símbolo de lo que nos gustaría llegar a ser, aun si ni él ni nadie raya en la perfección que le endilgan (y que nunca he oído a él afirmar de sí mismo). La predicación de valores admirables quizás sea cierta: la legalidad, el respeto por la vida, por la máxima “el fin no justifica los medios”, que son a todas luces principios loables, no es propia sólo de las sectas. Pero más que eso, son principios cuya violación, entre otras cosas, son los causantes de la mayoría de los problemas del país: el robo de recursos públicos, y el irrespeto por la vida. El saqueo del presupuesto en la construcción de una carretera, en los hospitales, la evasión de impuestos por parte de grupos como el Santo Domingo, etc., tiene repercusiones en la vida de las personas comunes. La muerte, que es causada no sólo por guerrilleros y paramilitares, sino por taxistas que atacan con cruceta a quien le reclama por el alto cobro de una carrera, o por un niño que hace conejo por no tener subsidio de transporte, es un lamentable recuerdo de nuestra condición de poscolonia. Por otro lado “el fin justifica los medios” es una máxima anti ética que permite a cada colombiano hacer lo que le venga en gana siempre que considere que su fin egoísta es loable. Así que en modo alguno el Partido Verde se comporta como una secta. Pero aun suponiendo que este movimiento tenga las mismas características que una secta, no se sigue de ahí que de hecho lo sea. En efecto, es cierto que toda secta tiene un líder y el Partido Verde también tiene un líder. No es lógico pensar que éste es una secta, como no es lógico decir que el Banco de la República es una secta porque tiene un líder. Es igual de absurdo que decir que los hombres son humanos, las mujeres son humanos, y que por compartir estas características las mujeres son hombres. Lo importante aquí no es qué tienen de similar el movimiento de Mockus, los evangélicos y los seguidores de Charles Manson, sino más bien qué es lo que hace diferente a aquél movimiento de estas sectas. Y una diferencia fundamental es la apelación a la razón para sopesar sus propuestas políticas. La misma razón que me permite descubrir la falacia tras el razonamiento del señor Reyes. Pero este “periodista” va un poco más allá. Afirma, en la página editorial del diario más leído en Colombia, que la vocación de las sectas es crecer hasta abarcar la sociedad y transformarla, y que el conflicto final se resuelve con la disolución de la secta por la sociedad o la absorción de ésta por la secta. Dado que no queremos que la sociedad se disuelva por una secta, y dado que el Partido Verde es, según su estúpido razonamiento, una secta, se puede inferir de su texto que tendremos que “disolverlo”. Sería interesante ver cómo pretende Reyes disolver el partido: ¿inventando vínculos entre éste y las FARC? ¿Inventando infidelidades sentimentales de Mockus? ¿Creando falsas ONG donde se le vincule con los paras, los narcos, con Regina 11 y con Voldemort? Sólo espero que los mismos lectores que cayeron ante los engaños del DAS no crean en la campaña de desprestigio que, ya se ve, iniciaron contra el Partido Verde, y espero que nuestra trágica hisotria, nuestro trágico presente, no se repita en Mockus por cuenta de estos comentarios malintencionados de los columnistas de El Tiempo.