domingo, diciembre 12, 2004

Periferia filosófica

Periferia filosófica
Objetos sin tensión
El orgullo ya no vale
Tal vez tenías razón
(Buenas Intenciones, Diana Tovar
cantante el grupo de rock bogotano “Guadalupe”).

Tenemos la tendencia a etiquetar lo hecho por los demás, pero a la hora de clasificar lo que nosotros hacemos las dificultades a veces sobrepasan nuestra capacidad de rotulación. Descartes es racionalista y Hume empirista. Pirrón es escéptico y Plotino neoplatónico. ¿Y que soy yo? Nada, pues un cartón donde se afirma que soy filósofo no prueba, de hecho, que lo sea, así como no necesariamente todos los filósofos tienen título universitario. Así como para ser músico hay que tocar, para ser literato hay que publicar novelas, para ser filósofo hay que publicar, ojalá en una revista con reputación. Esto automáticamente nos obliga a auto-etiquetarnos: si escribo para una revista de filosofía del lenguaje, pues soy filósofo del lenguaje. Si lo hago para una revista de postestructuralismo, soy posmoderno, si escribo para una revista donde la Acción Comunicativa sea el eje, soy habermasiano, si escribo sobre estudios interculturales...
Esto ya impone una limitante, digamos “natural”, al proceso de autoclasificación: si no estoy en Norteamérica, o no vivo en Francia o Alemania, no estoy en el círculo de Viena; no estoy dentro de la filosofía, pertenezco a la periferia filosófica, soy el otro del que tanto hablan sin haberlo escuchado –sin haberlo leído- alguna vez. La sola publicación de un artículo es ya una odisea… la modernidad, que trae como consecuencia la sobre-especialización, también trae como consecuencia nuevas formas de ignorar a la ya discriminada otredad… hasta ahora. La Red está transformando eso. Ahora cualquiera puede leerme. El problema no radica en publicar o no, sino en cómo hacer que lean lo que publico. Quizás un nombre como “filosofía xxx.com” los obligue a llegar hasta mi página y conozcan mi pensamiento. Esto produce un fenómeno singular: ahora todos creemos que DEBEMOS ser escuchados. El mundo está en la obligación de leer lo que yo escribo. Si cuelgo material en una página en la Red es porque tengo la secreta convicción de que lo que le digo al mundo es importante para él. Así lo que diga sean cosas triviales. Si estoy triste, el mundo debe saber que estoy triste. Si soy un pelmazo que sólo toma del pelo, debe saberse. Si tengo una opinión sobre el mundo que me rodea, debe saberse…esto es la filosofía de la periferia. Pero esto puede no ser una idea nueva.
En efecto, el instinto que nos lleva a poner nuestro nombre en los baños públicos fue el mismo que llevó a algún Eumeno, en el siglo VII a. C. a hacer un graffiti con su nombre en una escultura egipcia hecha por otro. Ese simple gesto fue descubierto por Letronne y consignado en su “Colección de inscripciones griegas y latinas en Egipto”, e inmortalizado por Yourcenar en sus “Memorias de Adriano”; así ha pasado a la historia, de la misma forma en que el pene pintado por Pedro Pérez, y acompañado de un número telefónico con la leyenda “llámame” en el baño del centro comercial será descubierto en cientos de años por algún arqueólogo que se preguntará la función de la inscripción ritual al interior de las tribus urbanas de ese asentamiento. Estas páginas virtuales son la puerta del retrete, el lugar donde los desesperados buscamos nuestro cuarto de hora de popularidad.
Podría objetarse que la Red es menos efímera que una lata roída por el amoniaco en espera de ser pintada de antemano, que una página virtual está a disposición de millones de personas alrededor del mundo. Volvemos así al problema de la lectura. Nada garantiza que lo que escriba aquí vaya a ser leído. Y nada garantiza que sobreviva, que sea un legado a las generaciones futuras. Si escribí el mayor tratado sobre la naturaleza, guardé la copia de seguridad en un disquete y lo olvidé, en unos años me será imposible recuperarlo dado que sólo podrá leerse lo que esté guardado en alguna tecnología que deje obsoleta la actual. Así pues, lo aquí escrito es también efímero, en la medida en que la Red y los medios virtuales lo sean.
Es posible que las mejores enseñanzas de Sócrates se hayan perdido. Que lo más sabio que haya dicho Jesús fuesen esas palabras escritas en la arena, que los filósofos presocráticos más sabios hayan escrito sus enseñanzas en los baños públicos de Egipto y se hayan perdido, así como lo único que nos queda de Diógenes “el cínico” son un par de anécdotas de emperadores y gallinas desplumadas. Y también es probable que muchas de las cosas antiguas que hayan sobrevivido fuesen consideradas bodrios según sus contemporáneos. A lo mejor Tales de Mileto nos tomaba del pelo al afirmar que todo era agua, y Anaximandro se burlaba al afirmar que el hombre venía de otras especies. Si sobreviniera una barbarie que lo aniquilara todo y sólo perduraran dos o tres películas de Schwarzenegger, quien sabe, es posible que en el futuro las consideraran representativas del arte occidental del pasado siglo. En resumen, mucho de lo que se escribe en Internet, incluyendo, por supuesto, estas páginas, puede ser susceptible de ser considerado un asco. Pero eso es justamente lo que la posibilidad de ser conocido trae: más personas, cualquiera que se siente en la taza, no sólo nuestros conocidos inmediatos, puede considerar que lo que decimos es un asco. Y el filósofo de la periferia es aquél que considera que lo que tiene que decir debe ser escuchado o leído, así sea en una pared anónima.

El Blogem

Si (como afirma el griego en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo
(Jorge Luis Borges, El Golem)

El "Golem" es una criatura mitológica, que nace de la mística judía medieval. Buscando la combinación adecuada de letras del alfabeto hebreo podía adquirirse conocimiento, y por ende poder, sobre la creación. La criatura surgida de una estatua de arcilla, adquiere vida luego de los conjuros del rabino, y lo protege así, a él y a su comunidad, de las miserias del mundo, esto es, de los ataques de infieles. Pues bien, la búsqueda del nombre secreto de dios ha cesado. Yo he venido a hacer mi página en la red casi por accidente. Sin quererlo he combinado las letras en el orden correcto y creado mi sirviente personal: es un robot, es un autómata que obedece mis órdenes, y me protege de la miseria del anonimato. La máquina de Turing, el programa de software, es, de lejos, lo más parecido a ese ser mitológico. Si se piensa bien, la Red no es más que la combinación de unos ciertos caracteres en el orden correcto: los símbolos usuales en el lenguaje apropiado, en el orden conveniente permiten la creación de una realidad. El mundo está, ahora sí, hecho de palabras. Es el sueño de la filosofía del siglo XX hecho realidad: ¿Cómo hacer cosas con palabras? Escribiendo en la Red.

jueves, diciembre 02, 2004

La doctrina de la finalidad del filósofo

En esta página
http://www.banrep.gov.co/blaavirtual/foros/filosofia/doctrina.htm
encontrarán un artículo mio muy viejo, tal vez el primero que publiqué... sobre para qué sirven los filósofos. En mi opinión, no sirven para nada, al igual que los físicos teóricos. Ya cuando sus ideas han decantado, tal vez, pero en vida... para muy poco...
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Los laberintos - Reflexiones sobre la filosofía de la periferia por Alfonso Cabanzo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.